1. Blues por Tasha

    Blues por Tasha

    Escuché en la radio que te habías ido. No quise creerlo. Al principio pensé que debía ser una equivocación, pero después compré el periódico y ahí estaba la noticia. Me llevó un poco de tiempo encontrarla, sabes. Había una breve columna con apenas algunos datos, nada contundente. Después, sin proponérmelo, descubrí los obituarios. No habría querido hacerlo; pensé que, si sólo hubiera encontrado la hermética columna aquella, habría podido seguir creyendo que todo era un error.

    Fue una sensación extraña. Me pareció que era algo hipócrita derramar el par de lágrimas que luego se estacionaron en mis mejillas, pero no pude evitarlo. ¿Por qué estoy tan triste? No lo puedo contestar. ¿Debería guardar un minuto de silencio? Un minuto, un cliché, una generalización de la manera en que debemos reaccionar ante la pérdida, ante la ausencia. Tú lo sabes, yo canto blues, Tasha, no sé de formalidades, no sé de la etiqueta para guardar luto. Para mí sería más fácil un silencio de doce minutos. Como un blues típico de doce compases, con los acordes tradicionales, en la tonalidad de siempre, como todos los blues. Un silencio de doce minutos sería algo muy similar. Doce minutos para recordarte, ¿serían suficientes? De pronto comprendí que mi vida era más cercana a la tuya de lo que había pensado. Doce minutos no bastarían.

    03:00 P.M.

    No estaba en mis planes comenzar a recordarte a las tres de la tarde, sólo que esa fue la hora más cercana. Lo primero que vino a mi mente fue que no éramos amigas. Debido a las circunstancias, salíamos con el mismo grupo de gente y nos divertíamos en los mismos lugares. Sólo hablábamos a veces, cuando el aire turbio en un antro nos dejaba entrever y, aun entonces, sólo murmurábamos alguna trivialidad. Nuestra plática sobre “Los hombres más deseables” había sido demasiado tiempo atrás. Nunca le di mucha importancia a esa conversación hasta que, un día, cantando en el bar de un hotel, y mientras observaba al público, descubrí que son pocos. Los “hombres deseables”, claro. Tenías razón: “Los más deseables” podían contarse con los dedos de una mano y generalmente, ni siquiera estaban en el mismo país que nosotras.

    04:00 P.M.

    En aquella época sabíamos de arte y nos gustaban Cocteau Twins y Love and Rockets. Coleccionábamos los videos de la 4AD y tomábamos piñas coladas en la Zona Rosa como si se tratara de malteadas de vainilla: una tras otra y sólo para abrir el apetito a todo aquello que pudiéramos seguir bebiendo en Danzetería. Hubo noches que se entrelazaron y cuyos días no recuerdo, pero tu imagen está en mi mente. Tú, la virgen con niño y dos ángeles de un cuadro de Fra Filippo Lippi: con los ojos de chocolate, las palabras secas. Entre todo lo que se movía y se distorsionaba en el antro —la gente, el piso, las paredes—, siempre te recuerdo como la virgen de Lippi. Con la piel blanca, la sonrisa a medias y un desencanto esnob. Cuando perdía noción de las horas, te buscaba entre los otros y siempre podíamos ir por otra piña colada.

     

    05:00 P.M.

    No debíamos hablar de tu padre porque era una especie de tema vedado. Muchas veces me habría gustado preguntarte sobre él, pero ya adivinaba tu hartazgo ante la curiosidad de los otros, quienes siempre preguntaban lo mismo. Te confieso que abrigaba la ilusión de que algún día, así, sin ninguna razón —sólo por gusto— me platicaras sobre él.

    Me intrigaba, claro. Supongo que habría sido anormal no sentirse atraído por la vida familiar de un escritor tan célebre. Pero a diferencia de los otros, creo que a mí no me interesaba saber sobre sus viajes y los premios literarios; tampoco quería conocer anécdotas mórbidas del mundo intelectual en que se desenvolvía tu familia. Creo que sólo me habría gustado saber si por las noches, cuando eras pequeña, él entraba con sigilo a tu habitación, se sentaba junto a la cama y, tomándote de la mano, te contaba historias y cuentos. ¿Los inventaría sólo para ti?, ¿alguna vez fuiste un personaje en ellos? ¿Sabes? cuando yo le dije a mi padre que quería ser cantante de blues, me miró fijamente por varios minutos para luego decir: “Vas a echar a perder tu vida”.

    06:00 P.M.

    No éramos un grupo grande. Siete u ocho, a veces nueve. Pero en aquel tiempo, sin importar riqueza o clasemediez, tooooodos éramos grandes artistas en potencia. Durante el día éramos Stephen Dedalus y en la noche éramos Joyce. Entonces, tooodos apoyábamos a Rushdie, pero la verdad es que sólo tú tenías una llave mágica a ese mundo y yo te envidiaba como nadie. Claro, estaban Tato y Gabriel, les enfants terribles, los precoces expertos en el arte contemporáneo, Sweet Pea y sus malabares en el tecladito Casio. Estaban las otras niñas, tus amigas —también hijas de escritores y artistas— con sus lindos carros y sus guaruras, con sus permisos ilimitados y sus peinados darky. Y entre todos ellos, estábamos tú y yo. Nunca mencioné lo del blues a los otros porque me pareció que esa música era lo más alejado que podía haber de las personas que éramos entonces: oscuros, retorcidos, casi malignos. El blues era algo tan vital, tan ajeno, que sabía que ninguno en el grupo me entendería pero, cuando sentí la necesidad de decírselo a alguien, tú me prestaste atención, fuiste dulce y me regalaste un cassette de Bessie Smith.

    07:00 P.M.

    Aquella fiesta en casa de Ian me hizo comprender que yo sentía una especie de preocupación maternal por ti. Al llegar, alguien me dijo que estabas desmayada en la habitación y que Ian no había hecho nada al respecto: seguía bebiendo en la cocina, besándose con una tipa que había llegado ese día de Escocia. Mientras trataba de reanimarte, pensaba en que no servía de nada tener novio. ¡Aaah sí! Un novio escocés, tan guapo, tan alto… tan imbécil. Le pedí a Tato que llamáramos a una ambulancia o a tus padres. Nadie quería hacerlo, la fiesta estaba tan fuera de control que buscarían algún culpable de inmediato. No despertabas, acaricié tu cabello, tuve miedo.

    08:00 P.M.

    Todos sobrevivimos a la celebración, al menos hasta el día siguiente. Después de todo, Tato decidió que te llevaríamos a tu casa. Tocaríamos el timbre y te dejaríamos justo afuera, en donde tus padres pudieran encontrarte. Era una casa enorme y bella, aun en la oscuridad pude notarlo. Al verla, mi clasemediez me golpeó duro en la cara, se rió de mí. Tú seguías desmayada, y, ¡diablos!, nunca le había gritado tanto a Tato. Le dije que esperaríamos contigo en la puerta hasta que abrieran. Correríamos cualquier riesgo y enfrentaríamos el castigo que viniera. Finalmente alguien abrió. Era una de las muchachas que trabajaban ahí; llamó a tu padre. Tato no quiso esperar. Huimos como si hubiera sido nuestra culpa. Dos semanas después volví a verte del brazo de Ian, con la media sonrisa, con la piel blanca. Me tranquilizó saber que estabas bien, pero no quería escuchar más de ti.

    09:00 P.M.

    El espacio escultórico se veía más grande que nunca, todo parecía tener vida propia, parecía moverse. Las esculturas saltaban de un lado a otro y nosotras seguíamos con la mirada clavada en la roca volcánica. Cuando Tato y los otros decidieron escalar una de las piezas, nos quedamos solas por un rato. Comenzaste a hablar de la vida, de la familia, de temas que creí que no existían en tu mente. Los demás ya casi llegaban a la parte más alta, algunos habían fumado mariguana, cualquiera podía caer.

    Tú me preguntaste si todavía quería cantar blues. No esperaste la respuesta. Dijiste que lo más probable era que tú te dedicaras a escribir, como tu padre. No sabías si en tus venas corría el talento necesario, pero podías estudiar y seguir una vida académica que, con tu apellido, te llevaría a algún lugar. No nos daría tiempo de tener hijos nunca, dijiste. Pensé que tenías razón, además, si algún día los teníamos, sería un fastidio preocuparse por ellos: ¿Dónde estarían?, ¿estarían bebiendo?, ¿se estarían drogando? Y si fueran hijas como nosotras, tendríamos que pasar noches sin dormir, rezando para que no estuvieran emborrachándose y bailando abrazadas de algún tipo como Tato, como Gabriel o como Ian. Yo seguía con la idea de cantar blues, no sabía por dónde empezar pero quería hacerlo, y te lo confesé. “Londres, es un buen lugar. Me gusta para vivir, me gusta estar allá cuando viajo con mi padre. Deberías ir, hay mucha gente cantando blues en el metro, ¿me escuchas? London, in the tube”, dijiste.

    10:00 P.M.

    Después de aquella charla en el espacio escultórico, sentí que nuestras conversaciones habían dejado de ser la punta de un iceberg y que, al menos por un rato, nos habíamos hundido en el agua helada para ver el enorme hielo que era la vida de la otra. Comencé a ahorrar dinero para el viaje a Londres: no sé por qué, pero tomé muy en serio lo que dijiste. También me compré una guitarra vieja y empecé a cantar las canciones de Bessie. No sabía si tenía el talento necesario, pero podía estudiar y seguir una vida bohemia que, con mi ordinario apellido, me llevaría a algún lugar en donde se necesitara un blues.

    El grupo de amigos se deshizo y todos seguimos caminos diferentes. A veces me encontraba a Tato. A ti no volví a verte por años. Gabriel se convirtió en crítico de arte y sólo sabía de él por la sección cultural de un periódico. También me enteraba de tu padre, de los premios que recibía, de los libros que publicaba.

    11:00 P.M.

    London, in the tube, dijiste, y ahí fue donde nos encontramos de nuevo. Descendías por la escalera eléctrica de Picadilly Circus con Ian: tan guapo, tan escocés y tan imbécil como siempre. Mientras bajabas, pensé en que nunca habíamos sido amigas, no nos parecíamos y no estábamos en los mismos círculos sociales. Yo cantaba blues y me acompañaba con una guitarra de cuerdas de acero. Ian no me reconoció. En tanto tú casi sonreías, él me miró con condescendencia. Encontrarte en Londres fue perfecto. El tube era un lugar neutral en donde mi “clasemediez” no chocaba de golpe con la alcurnia de tu apellido. No dijimos casi nada. Tampoco quise abrazarte al despedirnos, mi pretexto fue que las cuerdas de acero hacen sangrar los dedos y yo no quería manchar tu ropa.

    12:00 A.M.

    Londres había sido, por un tiempo, como una vida alternativa. Al volver a México no creí volver a verte. Seguía enterándome sobre tu padre, quien no dejaba de dictar conferencias y de ganar premios. Me preguntaba si lo acompañabas a recibirlos.

    Y lo acompañabas. En una de tantas recepciones, nos reencontramos. Estabas sentada junto a él con un hermoso vestido negro. La media sonrisa, el desencanto esnob, los ojos de chocolate que brillaban y contrastaban con la piel blanca de tu rostro. Mi vestido no era tan bello como el tuyo pero, a pesar de ser barato, era el más costoso que había tenido que comprar en mi vida. Después de la muerte de mi padre, me hice cargo de la casa y empecé a cantar blues con un grupo para fiestas. Era una atracción especial: sólo tocábamos blues y eso no era común. A la gente nice le gustaba; nos contrataban mucho para reuniones de intelectuales y escritores, para gente que quería algo diferente y que se había aburrido de los cuartetos de cuerdas. Éramos una buena opción.

    Cuando nos encontramos en el evento, la casi sonrisa del metro en Londres, se completó. Me dio gusto verte. Creo que por fin lucíamos como adultas. ¡Oh sí! Tú habías tomado ese lugar vacante junto a tu padre, el de una hija ejemplar y educada, mientras yo estaba encarando mi clasemediez con toda la dignidad posible: tenía un empleo honesto. “Nunca nos va a dar tiempo para tener hijos, ¿verdad?”, dijiste sonriendo. “Nunca”, contesté.

    Habías estudiado en Inglaterra. De entre Oxford y Cambridge, habías aceptado la segunda oferta. Porque así había sido: ambas te enviaron cartas para ir a vivir en ellas. De nuevo, no envidiaba tu cabello largo, sino tu estilo de vida. Ian había desaparecido de tus planes, nunca más te desmayarías en la casa de un imbécil. Halagaste mi vestido y supe que no te gustaba.

    01:00 A.M.

    Varios años después, mi vida no había cambiado mucho: seguía cantando blues aquí y allá, y mi clasemediez se había convertido en una clasemediez con una maternidad añadida. No era Joyce pero tampoco había dejado de ser Dedalus. No había leído algo de Rushdie en años y no sabía nada de Tato ni de Gabriel. Un día en una librería, mientras buscaba un libro de cuentos para mi hija, vi tu nombre en una elegante portada negra. Era una edición muy fina y costosa. Habías escrito sobre mitos medievales, y ahí estaba el libro encima de un estante de novedades y best-sellers. Quise comprarlo pero sólo tenía suficiente dinero para el libro de mi hija.

    Después de pagar el volumen de cuentos regresé a aquel estante, revisé de nuevo tu libro, descubrí una fotografía en la contraportada. La sonrisa era completa pero no te rodeaban los ángeles. Tenías la mirada seria de una escritora adulta. Yo, de repente, te extrañé.

    02:00 A.M.

    Hoy ya no estás. Te extraño. Extraño el no ser tu amiga, el no verte con frecuencia. Extraño envidiarte de lejos y toparme contigo de vez en vez. Extraño escuchar que te iba bien y enterarme de que escribiste libros que habían sido publicados. Me gustaría saber que sigues yendo con tu padre a las premiaciones. Me encantaría verte con Ian en algún callejón en la Zona Rosa.

    Han pasado casi doce horas y no dejo de pensar en ti. Cuando escuché la noticia en la mañana y después de ver los obituarios en el periódico, sentí ganas de hacerle saber a tu padre que hay alguien lejos, alguien a quien tal vez ni siquiera recordabas, que te extraña.

    Busqué información en internet, quería saber de ti. Afortunadamente no obtuve resultados que parecieran fidedignos. Sólo había notas teñidas de amarillo: que vagabas en un barrio pobre, que estabas embarazada, que no estaban seguros de quién eras, que no tenías treinta sino veintinueve. Ruido, puro ruido que apagaba el hecho esencial de que ya no estabas aquí.

    03:00 A.M.

    ¿Dónde estás Tasha? Quisiera contarte que aún escucho el cassette de Bessie que me regalaste. Mi hija llora en la habitación contigua, corro a abrazarla como tal vez tus padres desearían abrazarte ahora. Después de todo, uno tiene hijos a pesar de que no hay tiempo, Tasha, y se les quiere aunque sean un dolor de cabeza que vaga entre Danzetería y el Espacio escultórico.

    Porque ése es el blues, Tasha: es la adrenalina que nos recorrió cuando no recobrabas el sentido en casa de Ian, es un hijo enfermo llorando a las tres de la mañana, el placer de una piña colada, es un vestido barato envolviendo notas azules. Blues es la melancolía que me embarga cuando pienso que me habría gustado saber en quién te convertirías y lo que encerraba tu media sonrisa, nadar en agua helada y conocer la profundidad en donde nacía tu iceberg.

    Y si estoy en lo correcto, Tasha, blues es saber que en cada final de la vuelta, puedo empezar de nuevo: averiguar en quién se convertirá mi hija, hacer lo imposible por completar su sonrisa y abrazarme al iceberg de su existencia.

     

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